jueves, 8 de diciembre de 2022


El niño la Virgen", por Celeste Torre


A mi amigo Paco Baquero, recordando la subida, en el año 2000, a la Ermita “Los Remedios”, de Cártama.

 Llegó con la sonrisa 

 del amigo que embarga 

 todo cuanto posee 

 en pos de la amistad.

 

 El Niño de la Virgen,

 místico de una ermita, 

 contempla entre dos mundos 

 que uno perfuma el Valle 

 de todo el Guadalhorce. 

 

 Era un hombre muy alto

hecho de tierra blanda, 

 miel de caña y compota; 

 con voluntad de hierro. 

 

 Sus ojos eran bosques 

 con recodos perdidos, 

 donde la fe aún tiene 

 palacios de cristal. 

 

 Cuando hablaba de Ella, 

 su voz era un prodigio 

 de ángeles dormidos 

 sobre un sendero alado

 escrito en la memoria. 

 

 La estampa era tan bella 

 que subimos despacio, 

 detrás del peregrino, 

 por la empinada cuesta. 

 

 Cártama dormitaba 

 en la tibieza blanca 

 de su cal milenaria. 

 

 Las piedras del camino, 

 con ocultos presagios, 

 cedían a cada paso

 una esperanza nueva, 

 una promesa,

 un rito, 

 un milagro cualquiera, 

 una ilusión, ¡la fe!, 

 único talismán 

 que florece, sin nombre, 

 detrás de los misterios, 

 en el árbol perenne 

 cubierto por los siglos. 

 

 Arriba, solo, el monte, 

 abrazado a la ermita, 

 en una comunión 

 de incienso derramado. 

 

 Dentro está la Señora… 

 y en sus ojos de Luz, 

 cien espejos de estrellas

 convierten en eterno 

 todo lo sobornable. 

 

 Al fondo, allá en el valle,

 perdido entre la noche, 

 se desangraba el río, 

 ocultando su verde

 herido por las sombras. 

 

 Y hay un momento mágico 

 a velas encendidas, 

 a pájaros dormidos,

 a plegaria y a salmos, 

 a Madre y a Mujer. 

 

 Por un instante extraño, 

 se iluminó la ermita 

 con la lumbre secreta 

 de un exvoto del Sol.

 

 De repente, la tarde 

 se deshizo con prisa 

 sobre un letargo antiguo 

 de encajes amarillos. 

 

 Bajábamos despacio

 tras los pétalos blancos 

 de una luna de tiza. 

 

 Brotaba en cada paso 

 un vaticinio lleno 

 de promesas cumplidas.

 

 Y el viento solitario 

 arrastraba en silencio 

 un olor a montañas 

 unidas entre sí, 

 como un castillo moro 

 cuyas pétreas almenas 

 están deshabitadas 

 de sus cantos de guerra. 

 

 Casi sin darme cuenta, 

 como un milagro único, 

 empapando el perfume 

 del humilde tomillo 

 y el nardo de la noche, 

 volvió la realidad, 

 ya libre de pecado.

 

 Tan sólo los minutos, 

 cansados de esperar, 

 se escaparon fugaces 

 detrás de la retama.

 

 


OH  ESPAÑA!!

Siempre mi caminar por el mundo quise fuera recto

Y, por ello,  me aprietan en los costillares

La larga culpa ajena, del desquiciado mundo

Que la estupidez humana ha fraguado

Sin propósito de la enmienda valiente y solidaria.

Por eso yo huiré  por la edénica  realenga

De álamos con enormes  troncos y frondosas copas.

 

Y en la otra orilla del realengo, tupidos granados

 De brillante verdor y bellas flores rojas.

La realenga,  así orillada,  era fresca avenida

Que desde el puente de la agarena  acequia

Lleva  al caminante  al vado del río Guadalhorce;

Y, al otro lado de este, continua  hacia los pagos

De Castilla hermana, tierra del Cid y don Quijote,

 

Castilla fue cuna de la nación ESPAÑA, eterna y UNA,

Que hoy,  traidores políticos que la gobiernan

La empobrecen, la desacreditan y dividen.

¡Ay, de aquella raza vieja de do viene mi ser,

Que  expresaban a España su amor  con  palabras

Vehementes y canciones  incluso desde  las corralas

De seguir esta  sequedad poblacional en una

 España que era un jardín de infancia, es  de

Vaticinar sin riesgo a  error alguno:

 

 El hombre hoy, también sin inquietud religiosa, se queda aislado

 y egoísta; “al perder  la fe se desconecta con el innumerable  pueblo de sus muertos; y al limitar la natalidad, corta sus lazos  con las generaciones futuras , con el ingente mundo de los no

nacidos, anclado en el presente.”  Ya no puede mirar hacia ayer ni hacia mañana. Queda esclavo de su narcisismo como

 es un ejemplo nuestro presidente del gobierno.

 

Hoy yo llevo en mis ojos la realenga de la “mesta” que adoro en la nostalgia,  con sus  álamos de  gruesos troncos plagados de corazones, con la flecha de Eros que a navaja gravaron  los enamorados.

Siento vuestra llamada álamos y granados con

 cientos de años, de donde brotaba un vuelo de trinos

que evadía de la turba a nuestra alma.

                                       ¡¡¡¡OH ESPAÑA!!!

lunes, 5 de diciembre de 2022

 

Amanecer en estío

 

Tras la cresta de aquel  monte

Padre sol  viene asomando,

Con resplandores de fuego

Y  genio malhumorado.

 

¡Padre sol  ¿quién  te ha llamado

Tan temprano y tan airado?

Y  padre sol de mal genio

Responde que ya es verano.

 

Que ya es verano nos dice

Y su deber es tostarnos,

Que ya vendrá el invierno

Que  nos  dejará  helados.

 

¡Qué misterio tan misterioso

Son el invierno y verano,

Señal es  del Dios arcano

Que ahora  es moda  negarlo…!

 CUANDO A JOSE VARGAS Y A SU MUJER CATALINA E HIJOS PEQUEÑOS, LOS SALVÓ LA VIRGEN DE LOS REMEDIOS DE MORIR AHOGADOS POR UNA RIADA DEL VOLTARIO GUADALHORCE UN MES DE AGOSTO

A mi querido amigo, José Vargas Ruíz, hijo mayor de José y Catalina.

***

En agosto de 1941, en el Partido de la Isla, a la altura de la Estación de Aljáima, Guadalhorce por medio, el matrimonio cartameño, José Vargas Espinosa y Catalina Ruiz Santana, habían echado “a medias” un huerto de sandías y melones de varias fanegas de tierra en el “rompedizo”.

A no más de cien metros del río estaba la choza que, con esqueleto de horcones de álamo negro y guarnecido con paredes de cañaveras y techo de juncos y palmas, habitaban los medianeros durante el “esquilmo”. A la salida de la choza-vivienda, estaba el imprescindible sombrajo en precario que proporcionaba sombra bajo la que  se guisaban las comidas en  fuego de leña entre tres piedras como hornillo. En este sombrajo también  guarecían del sol canicular los frutos, amontonados a la espera de que los recogiera la camioneta del cosario –“Pitana”, “El dependiente”, Antonio Díaz,  o, “Juaní “– para trasladarlos al mercado de Málaga. A veces, se porteaban  en carretas, en un recorrido de tres horas.

 En el interior de la choza dormía el matrimonio con una hija pequeña y un recién nacido; los otros  hijos   –el mayor no pasaba de 10 años– y los “arrimaos”, lo hacían en el sombrajo de la puerta, sobre los hatos, serones, o un jergón relleno de sayos, todo sobre el suelo.

 Aquella tarde de agosto, José Vargas había dado descanso a sus  hijos mayores para que fueran al lugar distante legua y media, a ver la actuación del celebrado cómico Sardiguera y su trupe, que tanto divertían a la gente menuda. La noche debían pasarla en la casa del pueblo y, tempranito, habrían de estar de vuelta en el huerto para ayudar a las faenas del día.

 En el campo, con el matrimonio, quedaron  la hija de dos años y el niño en cuarentena. Al pardear el día, el cielo mostraba una negrura densa, surcada a intervalos por aparatosas culebrinas--relápagos que parecían alancear la cresta de la sierra de Bonela, por poniente. No era raro que, en esa época, se “vaciaran las cabañuelas” con alguna llovizna, o se presentara “blandura” para madurar los higos, por lo que José y Catalina, avezados a las inclemencias en el campo, no le dieron mayor importancia a una posible lejana tormenta de verano.

 Apagaron faroles y candiles de aceite y se entregaron al sueño. Pero, a eso de la medianoche, los despertó el agua de la fuerte lluvia que calaba la choza; al echar los pies al suelo para encender el candil, el agua les llegaba a las rodillas. El temible Guadalhorce se había salido de madre e invadía ya las huertas ribereñas. No había una sola estrella y la única luz que se veía en lontananza era de la bombillita exterior de la ermita de la milagrosa  Virgen de los Remedios. El río rugía como un monstruo de los infiernos. Ello preocupó hasta el estremecimiento a José Vargas, porque su habitáculo veraniego estaba en la enderechura de la tumultuosa corriente y, si enderezaba por aquel venaje sería, salvo milagro, el final de todos.

 Percatado, pues, de la gravedad de la situación, sin luz, las cerillas para encender candil y farol se habían mojado, subió como pudo a su mujer en la cubierta de la choza, y le dio el mantón para abrigar al niño de cuarentena que dejó con ella, así como un perrillo que tenían, esperanzado de que la choza aguantara el envite de las aguas mientras él volvía de poner a salvo, en tierras no tomadas por el río, a la niña de dos años. Con ella sobre los hombros e invocando fervientemente a la Virgen de los Remedios, inició una penosa marcha hacia los secanos; el agua le llegaba al pecho y los pies le pesaban como el plomo al atascarse en el tosco barro que iba dejando la avalancha de aguas turbias con sus arrastres.

Al llegar a un almatriche, cuyos quijeros estaban cubiertos de cañaveras, tuvo que hacer un sobrehumano esfuerzo para apartar las cañas, y asido a ellas, cruzarlo. Por los pitidos de los trenes en la cercana Estación de la Aljáima, al otro lado del río –que por ser Remitente de frutos conocía sus horarios y sabía si se trataba del “mixto”, del “mensajero” o, de alguno de mercancías–, fue teniendo noción del tiempo. Después de varias horas de penoso caminar con su hija en alto para que no la cubrieran las aguas, logró llegar, ya casi de madrugada, a la casilla de labor de la familia Bedoya, donde pidió socorro. En ella estaban, en aquella ocasión, un vecino llamado Frasquito Orejuela y su mujer. Esta quedó al cuidado de la niña, mientras su esposo y José Vargas volvieron al lugar en donde quedó  Catalina con el pequeño y el perrillo.. Pero, como temían, la corriente de las aguas se había llevado la choza con su carga humana en la cubierta.

Nadie, en aquella infinita extensión de agua turbia pestilente  y barro, respondía a las voces que ambos daban, llamando a Catalina. Por lógica (tal veían de cercano el curso del río y la corriente de las aguas desbordadas ya retornando a su cauce), las esperanzas de que la choza no hubiese seguido el curso tumultuoso hacia el mar, eran mínimas o casi nulas. La desesperanza y la angustia ante lo peor, atenazaba el corazón de José y Frasquito. De pronto, oyeron el aullar lastimero del perro y, enloquecidos de alegría, corrieron como pudieron en dirección al penetrante ladrido del perro.

De pronto, vieron que, inverosímilmente, la chabola vegetal había encallado entre los troncos de dos naranjos plantados a menos marco del normal y, en ellos, quedó encallada la ya abierta y plana chocilla. Cuando llegaron, Catalina estaba inconsciente sobre la choza que como he dicho,  flotaba ya plana. Colgado de la ramilla de uno de los naranjos, partida para que sirviera de gancho, encontraron (¡oh, Virgen de los Remedios!) el mantón con el niño muy bien liado en él por la madre, por “si a mí me llevaba la corriente y me ahogaba, que encontraran a mi hijo y viviera”. El perrillo estaba junto a Catalina, tiritando y gimiendo, al tiempo que lamía la cara de su ama. Con el coñac que llevaban al efecto, lograron hacerle recobrar a Catalina el conocimiento y reanimarla.

Quien esto escribe, escuchó de su vecina Catalina, una y otra vez, esta odisea y matizaba, que en medio del torbellino y la inmensa y lóbrega oscuridad, sólo veía la lucecita de la Ermita de la Virgen de los Remedios en su monte que, curiosamente, no se había apagado, y que todo el tiempo se lo pasó pidiéndole a ELLA  por sus hijos y su esposo  que pudiera  criar sus niños.

Así lo supo y lo vivió el pueblo y así lo contaron una y otra vez los protagonistas de esta impresionante odisea. Fue aquella una  más de las incontables  riadas del Guadalhorce a lo largo de los siglos, arrasando las vegas de su ribera, al mismo tiempo que con el  

















 

sábado, 3 de diciembre de 2022

                           CRISTOBALÓN Y FLORIPONDIO

               (Lección  del Obispo a los niños de una escuela rural)

            En   1.947, Málaga tuvo un obispo (en 1.965, cardenal),   al que las gentes que le conocieron, de los que aún viven algunos, le recordamos con  sentimiento propicio de amor y reconocimiento  por su enorme caridad y entrega a la causa de los pobres y marginados a los que, por carecer de voz, él les  prestaba la suya, y, de qué manera: Los domingos, a las 12 de la mañana raro era el hogar en el que la radio no estaba conectada para oír la homilía de don Ángel Herrera Oria. Homilías, las suyas, en las  que dejó reflejado su pensamiento social, muy en línea con  la doctrina de León XIII. Asistió al Concilio Vaticano II, con mucha influencia en los debates sobre Esquema de la Iglesia  y el mundo moderno.

            Quien esto redacta, tuvo la suerte de tener tres vivencias próximas e inenarrables ante   Don Ángel Herrera Oria.

            Entre tantas obras buenas, recordamos hoy la creación de escuelas-capillas por los más apartados,  diseminados y abruptos   partidos rurales de la Diócesis para niños analfabetos  sin casi posibilidad de alfabetización por vivir en tan apartados parajes de la geografía malagueña, cuyas familias se dedicaban a una agricultura y ganadería caprina elemental de supervivencia. A estos niños, él quiso llevarle el beneficio de la escolaridad y el bálsamo de la prédica transcendente. Fueron más de doscientas las escuelas-capillas creadas por Obispo Herrera Oria.

          Cuando  la aurora de cada día, como tumbaga de diamante hacía señales por detrás de las crestas de los cerros, e iluminaba  las sendas, caminos, veredas y trochas de estos dilatados campos, ya transitaban por ellas   alborozados hormigueros de chavales y chavalas de todos los parajes para  confluir a recibir lecciones de  saberes cotidianamente, previo a un buen desayuno en aquellos tiempos no sobrados de alimentos,   en la escuela capilla que don Ángel les había construido al efecto, atendidos por maestros, no sólo de solvente capacidad como enseñantes sino, con vocación  de sacrificio, ya que, entonces, habían de establecer su domicilio in situ, completando su influencia lectiva, con el diario  ejemplo  de buenas maneras y sana superación.

En una de estas escuelas ubicada en el partido de enfrente de la Estacada, quiso dar  don Ángel Herrera, como solía hacer en todas  al inaugurarlas,   la primera lección a los niños, que, lógicamente, versó sobre temas generales; en un momento dado, puso de manifiesto la bondad del hombre como creatura cumbre de Dios, sin dejar de encomiar la entrega de maestros y maestras (por algo se llamaban igual que el de Nazaret) sin olvidarse de encomiar la labor de los curas, de los que varios de ellos, como es lógico en una visita pastoral del obispo,  estaban presentes.

             Al terminar su disertación, el prelado invitó a los niños a que libre y espontáneamente  (miró significativamente a maestros y curas) le hicieran cuantas preguntas tuvieran a bien. Uno, cuya inteligencia, como la de todos ellos,    se encontraba aún en el estadio de la inocencia rousseauniana, empezó de esta guisa:

            --- Señor Obispo ¿entonces todos, todos,  los hombres y los curas  son buenos?

            El Obispo-Cardenal,  puesto en aprieto ante sus propios curas, autoridades y asistentes, se quedó  pensativo; al fin de un silencio ominoso, fijando su aguda mirada en aquel  avispado zagal,   le contestó:

            --- Verás, hijo: Cuando Dios creó el mundo, a todas sus creaturas las hizo buenas, incluidos los hombres y las mujeres, y, por supuesto, a los curas...  

            Otro, secundó  a su compañero:

            --- Señor Obispo,  por eso los camiones de Juanillo el de los Barreiros  llevan tó un letrero que dice “to er  mundo e gueno...”

            El Prelado abundó:

            --- Me alegro de que ese señor Juanillo piense así. No obstante, admitido, naturalmente,   que todo el mundo es bueno,  siempre hay unas personas que son mejores que otras, porque todo en la vida tiene  escalas y es un tanto de relativo. Os lo voy a explicar con un ejemplo en forma de cuento:                                              **

            “En una villa de estos pagos, otrora levítica, vivían, con otros,  dos curas cuyos nombres de pila se ignoran hoy; no obstante, como era, y es, costumbre en los pueblos, a  ambos les había puesto la gente un apodo. A uno,  de condición afable y bondadosa, de carácter llano y concordante con la campechanía  de sus feligreses, servicial a más no poder y asequible a las  interpelaciones de éstos sin distinción de clases sociales, por regla general campesinos, el pueblo le rompió con el sobrenombre de Cristobalón.

            Al otro, un poquitín  voltario, de inclinaciones anabaptistas,  siempre repelosillo, una pizca dictatorial e impositivo,  heterodoxo bajo la apariencia de ortodoxo, la gente también le asignó un coherente apelativo, Floripondio.  

            Un atardecer autumnal, decidieron  leer juntos el libro de tercias dando un paseo, con las frescas, por los caminos de la vega del Guadalhorce. Cuando ya iban por la realenga  que lleva al vado de “Las tres leguas”, al que bordean  sendas hileras de frondosos y floridos granados, chopos y enormes álamos en cuyos gruesos  troncos los jóvenes enamorados habían gravado con navaja  corazones  punzados con flechas en homenaje al dios Eros,  cortó el aire una auténtica y mantenida ráfaga de palabras gruesas, tacos irreverentes  y blasfemias a un nivel decibélico   que se oirían en los tajos campesinos de media legua a la redonda.

            El desesperado vocear, provenía de un gañán, cuya carreta, cargada hasta  la punta de las varas  de sacos con granos, tirada   por una  yunta de ampones bueyes, al pasar la  charca que se había formado en el camino con las aguas sobrantes de riego que los campesinos dejaban ir por las almatriches de las  últimas hazas de la Alhóndiga, se había atascado en el denso barro hasta el mismísimo buje del eje de las ruedas, sin que los pujosos  bueyes, por mucho que el carretero les aguijoneaba, no pudieran sacarla.

            El carretero, que veía que el tiempo pasaba y, su amo, un cogotudo individuo con  muchas ínfulas de terrateniente,  le iba a pedir cuentas de la tardanza  y, por supuesto,  de la torpeza por no haber cruzado la charca por la vera del camino que siempre acumula menos barro, se ciscaba voz  en grito en lo visto y en lo no visto, en lo humano y en lo divino, metido en barro hasta la cintura, empujando con el hombro los radios de una de las ruedas  y aguijoneando con “llamaera” en la otra mano a la yunta.

            Ante la goyesca estampa y el angustiado vocerío del pobre carretero, la reacción de los tonsurados fue dual: Floripondio, dio de sí cual era: con gesto airado, furibundo, descompuesta la faz, increpó al gañán de esta guisa: “Mal hombre, impío, blasfemo, irreverente, desgraciado, lástima me da  de ti por el castigo que Dios te va a dar  el día que te mueras; te va a llevar al infierno...”. Mientras esto vociferaba,  arrancaba  amapolas, ramitas de granados con sus  flores rojas  y cuanto le pudiera servir para hacer  ramo que llevarle  como desagravio a Santa Ana, que entonces tenía un oratorio erigido por los campesinos junto a la carretera que, saliendo del pueblo, conducía a otro cercano.

             No se había percatado en su iracunda reacción de que Cristobalón  con sus atléticos brazos y reposados consejos,  había frenado al carretero cuando  como una fiera acorralada había indiciado la acción de aguijonearlo en las nalgas al igual que hacía a los bueyes.

            Floripondio, antes de desaparecer de escena  campo a través en derechuras a la Ermita de Santa Ana, miró hacia la carreta a ver que era lo que había hecho callar al carretero y, lo que vio, hirió su orgullo clerical: Cristobalón,  se había quitado la sotana, le había aparecido un  pantalón laico de pana y una pobretona camisa de popelín, y, ayudaba  al carretero a aliviar la carreta de peso. En la trasera del lecho, el gañan le iba poniendo los sacos de 80 a 100 kilos (que eso pesaban entonces los sacos de granos) de pie al  para que le fuera fácil al clérigo echárselos a la espalda y dejarlos apilados en un sitio seco al borde del camino.

            Suficientemente deslastrada  la carreta, Cristobalón dijo al carretero: “Arranca una caña de ese quijero y llama tu la yunta, que yo con la “llamaera” me voy a meter bajo el lecho de la carreta y  los voy a arrear a ver si la sacan sin necesidad de aliviarla de más sacos; llama a los bueyes desde lejos con la caña y quítate de en medio en cuanto yo te lo diga, porque en donde  les voy a hurgar con el aguijón van a salir bufando como demonios... vamos a ver si salimos ya del atascaero...”. Por algo, el pueblo, que a veces es sabio, le había derivado en  aumentativo el apodo, del que se venía a inferir  que,  llegado el caso, el buen cura era más bruto que el mismísimo gañan.

            Tras recargar ambos los sacos en  la carreta, dijo el cura al cuitado  peón: “Arrima la yunta al puente de la acequia del Barullo pa que descansen los bueyes, dejando paso en el camino, y, vamos nosotros a liar tabaco echando un rengue sentados en el brocal”

            El carretero, saboreando ya un buen cigarro de picadura negra, comentó con tristeza que probablemente su amo lo despediría por haber tardado tanto en ese viaje de  acarreo  a la casa labor.

            ---Pierde cuidado, buen hombre, yo te acompaño y ya le explicaré a tu amo, que es uno de los principales contribuyentes en diezmos y primicias a la Iglesia, lo que ha pasado, y, más le valdrá comprender y ser  ecuánime contigo...

            En ese mismo instante, Floripondio que salía de la Ermita de Santa Ana, vio asombrado que tras una nube  de blandura veraniega, se asomó por un instante el rostro de Dios; pero se equivocaba: Los llameantes ojos de júbilo del Sumo Hacedor, no miraban a él, sino hacia el puente de la acequia del Barullo en donde otro cura y una criatura buena  platicaban de cosas agradables a su inmenso corazón.  

 

LA ALZACOLA DE LOS CAMINOS

Qué picaresca la alzacola

De colores pardo y blanco,

Que en árboles del camino

Alzando y bajando la cola

Como si fuera una brocha

Te saluda con sus cantos   

Desde las ramas del árbol:

¡alui uí, aluí uí, aluí uí…!

Los hermanos pájaros

Con sus  melodiosas notas

 ponen paz en los el espíritus.

¡¡Cómo  amo  a los pájaros

Que de  mañana saludan

Desde un árbol del camino!!

jueves, 1 de diciembre de 2022

 

         ESPAÑA  SIN LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Permitimos que estén en el  gobierno de España gentes que quieren, descaradamente, destrozar a España, cuartearla; abigeos  de  de la calaña de   filoetarras, golpistas, independentistas, comunistas y, otros del mismo pelaje, que ha llegado al poder,  no por  elecciones, sino por operaciones de compra-venta  en almoneda de nuestro nefasto presidente del gobierno,  con abuso patético del derecho natural, ese que  a lo largo del profundo correr de los tiempos nacía (¿nace aún?)  de las personas decentes, biennacidas.

Claro, para hacer esta “operación” de venta del ser y dignidad de la España eterna en transacción obscena con recoveros de gallinas y conejos caseros en aras de la desaforada apetencia de poder del de marras, tiene este que  abrir también obscenos  caliches de represión sobre las libertades públicas como la censura de expresión que ya sufrimos  y solo existe el alta voz de la prensa y medios análogos mercenarios.

Hablando de la LIBERTAD, Claudio Sanchez Albornó decía: “ La historia es la hazaña de la libertad y, la libertad, la hazaña e la historia”. Y Octavio Paz: “La crítica, cualquiera que sea su índole, literaria, filosófica, moral, política, no es a fin de cuentas, sino una higiene social. <<<es la única decencia que tenemos contra el monólogo del caudillo y la gritería de la banda, esas dos deformaciones gemelas que extirpan al otro; al otro que es nuestro semejante” Pero, cuando Octavio Paz pronunció tan bellas propuestas, se le olvidó decir también que sin libertad de expresión no son posibles. Los prepotentes administradores de grupos, deberían tomar nota.

Y, para terminar hoy de pensamientos político, confieso que quiero ser optimista, pero ante lo que se ve en España día a día no puedo serlo: “¿Cómo, si leo que la cantidad de suicidios de niños y jóvenes alcanzan cifras dantescas. Los niños (“…Dejad que los niños se acerquen a Mí, que de ellos es el Reino…”). ¡¡¡¡ Los niños sin alegría, sin horizontes laborales y de vida; que pena, que pena, que pena, que pena, Dios mio ….!!!!                                                                 

                              SANCHEZ Y FRANCO

          De inicio quiero dejar sentado que el comentario que aquí hago hoy, lo he copiado literalmente de un medio nacional, pues me ha parecido una pieza que merece la pena su transcripción  dada su originalidad expresiva:

““ obsesión por  pasar a la posteridAD.-

            Normalmente  son otros y no uno mismo quienes deciden que una persona pase a la Historia, con mayúsculas. Por si acaso, Pedro Sánchez  prefiere no esperar al juicio ajeno y ya ayer, en un homenaje organizado por su partido a la escritora Almudena Grande, se reserva él mismo un sitio en la historia por haber “exhumado al dictador del Valle de los Caídos”. Esta petulancia puede responder a un patrón, pues ya en su “Manual de resistencia”  se autodenomina,  “Pedro el guapo”, pero parece que la tendencia va a más , pues sacar a Franco de Cualgamuros y llevarlo a Mingorrubio es solo “una de las cosas” por las que , según anunció ayer, pasará a los anales históricos, si bien prefirió no detallar esos otros “méritos””