miércoles, 14 de junio de 2017

EN CARTAMA SE PRACTICA LA CENSURA A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Cuando como ampliación a un comentario en el bloks de la Asociación, Amigos del Museo (o lo que sea si alguna vez se hace) que ha  colgado  el Cronista Oficial de la Villa, el ínclito Fernando Bravo Conejo, referido al "paseo" que el 20 de agosto (no el 27 como expresa el tal cronista) le dieron  previo a su asesinato por los del Frente Popular a un vecino de esta localidad, yo hice un mero comentario para dar a conocer que en el mismo coche y asiento trasero llevaban también a mi padre bueno, que con la ayuda de Dios logró soltarse las manos amarradas a las espaldas y, al abrirle la puerta para que saliera y le dijeran, "venga Frasquito Talento (bracero de un cortijo ganando diez reales de sol a sol) que eres más alto que un chopo y te vamos a cortar por la cepa a tiros", abrió los brazos, le dio una patada en los huevos a quien tal le dijo y, aprovechando la sorpresa escapó perseguido por once bocas de fuego durante 2 kilómetros sin que por milagro le tocara una sola bala. Uno más de los miles de sucesos que abundan en la literatura temática.
Pues bien, el equipo de censura institucional (más franquistas que Franco) de la Asociación de Amigos del Museo (o lo que  sea) siguiendo su norma ha prohibido y rechazado este intrahistórico e ideológicamente  aseptico comentario.  (Lean el Art. 20 de la Const.)

¿La razón? Es obvia: Estos macanditos de la arquelogía censuran todo aquello que sobre su ya ya discutida actividad arqueloógica no sea opinion laudatoria  de lameculos, pelotas, apasturados agradecidos, melifluas tocayas, palmeros ad hoc, apologetas indigentes intelectuales como ellos,  embelecos, ditirámbicos del ciezo, enaltecedores de los vulgar y tópico, jabonadores, camelosos, adulación  grasienta, aleluyeros laicos, hipócritas falsarios, engatusadores y...paremos ya. Yo ya tengo todo el pescado vendido y no admito vejaciones injustas. Me la juego en tal caso. óiganme.

Sepan los tales y los cuales que a mi padre no se me ofende ni nadea impunemente.HE DICHO



 un tío

OBJECCIONES A LAS PROSPECCIONES ARQUEOLÓGICAS CARTAMITANAS



Entre las personas sensibilizadas con las prospecciones arqueológicas de Cártama, ha cundido la alarma al saberse la opinión que, al respecto, han manifestado varios técnicos de Málaga sobre este proyecto faraónico  de Cártama, que ya lleva consumidos 12 años de onerosa prospección sin que nadie conozca el montante de las inversiones en este proyecto, cuyos fines, racionalidad, objetivos últimos, inadecuado local museo, etc,  califican los aludidos técnicos consultados de irracionales, oscuros  y desproporcionados. 

Por algo en el bloks de la Asociación de Amigos del Museo se borra matemáticamente, a despecho de la libertad de expresión que protege la Constitución, toda opinión que no conlleve adulación, cobeo y ensalzamiento de los culteranos a la violeta que manipular este negocio arqueológico "carthamitano" y, todo aquel que no someta su opinión a tales espurios  no es "buen cartameño" y "va contra el pueblo"...
SUSCEPTIBLE DE MAYOR COMENTARIO, CUYO DERECHO SE RESERVA ESTA PARTE EN DERECHO Y EQUIDAD. 

martes, 6 de junio de 2017

AMOR EN LA PARADA DE SEMENTALES

Resultado de imagen de Amor en el establo
 (De mi nuevo libro, terminado y pendiente de editar, “Ecos de la Alhóndiga”)
               450 páginas con  100 relatos análogos
===

         Era  el “tío Bernardo” dueño de una pequeña labor con  cuatro fanegas de regadíos segregadas  del Cortijo de la Alhóndiga en plena ribera del Guadalhorce; finca antes llamada de Bracho, al que  Bernardo la compró con pagos fraccionados en plazos.
         Lindaba   con la  acequia del Barullo por el trozo de ésta llamado “Atraque de La mimbres” por el sur y, el resto en cuadro con la finca matriz. La acequia toma  sus aguas en represa ad hoc en el cauce del río Guadalhorce, que riega una dilatada vega  en un recorrido  de cómo tres leguas.
          En una  pequeña meseta  junto a la acequia, a salvo de las avenidas del voltario río Guadalhorce se alza la casa-vivienda: Planta baja con  trojes para  granos, alacenas, trastero de aperos, amplia cocina con horno  de leña para cocer el pan casero amasado a puño, comedor y, paremos de contar.  Planta alta dedicada a dormitorios. La  entrada la tenía mirando  a  sol naciente, al pueblo y, por ende,  a  la Ermita de la Virgen de Los Remedios que parece levitar sobre aquel; ante la puerta un amplio porche empedrado,  rodeado de un poyo de obra y sombrado durante las canículas con una tupida parra de uvas negras gaspacheras. En definitiva, una típica y acogedora casa de pequeña labor guadalhorceña.
                  En el patio interior (siempre todo a mano)  un gallinero con  nutrida parva de aves de corral a las que  cada mañana  se les abría  la trampilla de entrada y salida a las gallinas para que durante el día campearan y se alimentaran n, ahorrando así granos, de insectos y semillas.  

             Adosados al lateral Este, el “tinao” y la cuadra. Y, como a 10 metros, las corraletas para ganado de cerda que aprovechan los desperdicios de huerta y domésticos, lo que supone  un complemento en las eternamente   raquíticas rentas   del campo.
         Una vez por semana pasaba  por “Lo Bracho” (que así le  llamaban la la  gente del pueblo a la explotación del “tío Bernardo”) el recovero  en su bestia con serón de recoba; era  quien  suministraba  a la familia toda clase de ropas, tejidos y otros enseres, desde  agujas de costura e hilos a unas tijeras;  hacía el cobro  en especies: pollos, huevos, cereales, gallinas viejas que solía  vender a buen precio para caldos a parturientas para mayor abundancia de leche que tenía sentido en  aquellos tiempos de ralas comidas., etc. De tal manera Elena gozaba de   un nutrido ropero y, la casa, a más de limpia como el jaspe, sin penuria ni falta alguna; clásica economía doméstica  de la gente del campo del enorme diseminado rural de entonces que cobijaba a la mitad del censo del municipio de  Cártama.
         En la fecha de que  hablamos, Bernardo era  ya viudo; su  esposa había muerto del “dolor miserere” (apendicitis pasada), dejándole tres hijos: dos varones y la hija menor  llamada, como apunté antes,   Elena.
         El buen padre, de rostro curtido,  enjuto y circunspecto,  seguía  sintiendo tristeza por la ausencia  de su esposa. Fue  enseñando a sus hijos por las noches antes de la duerma, y a la luz de un carburo, cuanto  él había sabido  en las escuelas nocturnas tras  dar de mano de sus faenas, como también, que no es poco,   lo aprendido en la dura brega con la vida y con la áspera tierra;  el ratio de analfabetismo nacional rozaba en estas datas  el 75% de la población, cosa no incompatible con la profunda cultura empírica adquirida por los labriegos  en su lucha con la tierra tan  exigente en esfuerzos humano en tajos, besanas, cavas, binas y otras faenas siempre duras. Sabían aquellos hombres de antaño  deducir lluvias y sequía a través de las cabañuelas, de las  fases de la luna adecuaban las siembras,  del cerco de la luna colegían si llovería pronto o no,   y de la altura del lucero miguero en el cielo  la hora de pasturar el ganado y de llevar a cabo el inicio de  otras  faenas, etc.etc.
         Un día, en una de aquellas terribles glebas militares para luchar contra “el moro” en  África, fueron movilizados  los   hijos varones del “tío Bernardo” y,  como tantos otros,  jamás regresaron.  El pobre labriego se sumió en la más punzante e inextinguible tristeza; vivió por y para  su hija que iba creciendo y madurando plena de vitalidad.
          Elena, ya núbil, era   una de las mozas  más agraciada y celebrada del entorno; también  imprescindible ayuda de su ya viejo padre en las tareas labriegas, amén de mantener  el hogar ordenado y limpio como un templo y preparar a diario la comida.        
         Como el de  todos los años, aquel verano se alojó en las dependencias ganaderas del cercano Cortijo de la Alhóndiga, la parada de sementales  a la que  los labradores llevaban sus yeguas y burras para que las cubriera el semental correspondiente con garantías de pedigree.
         El día que le tocó  el turno  a la yegua de su  labor, Bernardo se sentía indispuesto y  encomendó a su hija que  ella  la llevara  al macho. Este año quería que la cubriera el borrico garañón a fin de que, llegado el día, pariera un mulo con el que  renovar,  en su tiempo,  la yunta de  labor.
         El menestral de la parada era un fornido y bien parecido mozo,  poco mayor que la zagala.
         Aunque avezada en toda clase de actividades agroganaderas propias de la comarca, el ayudar al  acto de cubrición de la yegua fue para ella una insólita experiencia; la vivencia le despertó instantáneamente emociones desconocidas;  suscitaron en Elena sensaciones de vida nunca sentidas.   
         No le pasaban  desapercibidas las intensas  miradas  que a toda su anatomía dedicaba el guapo mozo. De pronto, experimentó   las naturales apetencias de su condición de mujer en todos sus grados.
         Por imperativa  orden interior corrió al tinado y por una escalera de vareo subió al  henil, tumbándose en los muelles pajotes de pasto seco. Al verla el joven desnuda en toda su gloriosa anatomía de miríficas curvas,     ahuecado el vientre y sus hermosas piernas haciendo uve,  quedó petrificado.
                   Quedamente, en un leve susurro, la diosa carnal le dijo:
         --Vente a mí, tómame...
         Sus ojos eran sombras en canícula férvidos de deseos y apremios inaplazables; sintió que su seno era regado por hilos de nieve tibia.
         Con voz ronca como la campiña del contorno dio un grito cual codorniz entre bledos y, saciada de infinito, musitó:
         -- ¡Que dulce...Ya soy tuya amor...!
         --Y yo tuyo.... Mañana al trasponer el sol  nos vemos  en el atraque, bajo la mimbre de la acequia.
                   Cuando el sol teñía el cielo por poniente con candilazos de fuego, la niña retornó al hogar con la yegua de reata cogida de las  bridas. Sentía que algo nuevo había nacido en su seno aquella tarde  luminosa. A los dos meses  dijo de sopetón a su padre:
--Padre, voy a tener un hijo
--Del mozo de la parada ¿verdad hija...? Y él qué dice...
--Los paseos que doy todas las tardes estoy con él y quiere casarse conmigo...
--¡Gran Dios, gracias; la guerra me quitó dos hijos y Tú me los devuelve asina...Gracias, Dios, puedo morir tranquilo!.

                 

        

jueves, 1 de junio de 2017

PERDÓN POR ABRIR MI CORAZÓN EN ESTE DIA DE SAUDADE


Con mi dulce  madre guapa y una tía
Mi pasión: los libros y la "escribanía" 

miércoles, 31 de mayo de 2017

MÁS CON MOTIVO DEL 61 ANIVERSARIO DE SU MUERTE



Dedicado a mi querido amigo, D. Rafael  Dupouy  y familia, de Caracas (Venezuela). 

Con el eminente escritor, poeta, conferenciante...Felipe Sassones ante el público  de Lima el día que fue presentada la Virgen de Los Remedios  y su juglar al debutar ante el público limeño. Sassones es el autor de un artículo con referencia a la Virgen de los Remedios que inserto en mi entrega anterior en este medio.
Homenaje de los intelectuales a Manolete en Madrid entre los que encontraba, y recitó, José González Marín, amigo del torero y de los asistentes al acto. 
Homenaje en 1-.934 de los poetas e intelectuales de Madrid en el que con el rapsoda de Málaga actuó la genial Pastora Imperio, esposa de Rafael El Gallo..

Cuando se supo en Cártama que la imagen de su Patrona la tenía en América González Marín. ¡Cuanta historia referida al rapsoda queda aún por contar!
Reseña sobre González Marín en Caracas (Venezuela) en 1.937


HOY 31 MAYO DE 2.017 SE CUMPLEN 61 AÑOS DE LA MUERTE DEL INSIGNE CARTAMEÑO JOSÉ GONZÁLEZ MARÍN




martes, 30 de mayo de 2017

A DON PABLO REBOLLAR


Estimado amigo: Por mi torpeza con  los aparatos y resortes informáticos, hasta hoy no he leído sendos y largos escritos que me ha dirigido por conducto personal, creo que por Meseguer; soy, ya digo, casi lego en el manejo de estos aparatos modernos.

El no haber acusado recibo antes  no ha sido, pues, falta de atención por mi parte.  Dios me libre.

Me es imposible entrar en materia sobre lo que me reprocha,  pues ignoro  que artículo mío de mi blogs ha podido herir  sentimientos que le ha movido a tan extensa catilinaria y el implícito anuncio de que no me volverá a leer. Lo siento por mí, ya que no es agradable perder un lector tan inteligente  que tanto valoro y que, por otro lado, tanto escasean.


De todos modos, amigo Pablo, todo esto son malos entendidos  que siempre los pare un ratón.  Por eso, mi amigo, el día que nos veamos te seguiré saludando con el mismo  afecto de siempre; espero que sea pronto, ¿cómo va la “lokura” del puente? Os sigo en vuestras fotos.

 Un abrazo.

lunes, 29 de mayo de 2017

“¡NARDO AZUL, CLAVEL PURO...!” (24-5-2.016)


             Hasta muy entrado el siglo XX, todo el tránsito de carros, carretas, recuas y gente de arriería --después camionetas y camiones--, que transportaban frutas y productos del agro de los  municipios  circundantes (Guaro, Monda, Alhaurín el Grande y Coín) hacia los mercados de  Málaga  ó, a la Estación de Ferrocarril de Cártama para su remitencia a los  del interior, pasaban necesariamente  por la calle de la Carrera (desde 1.935, de González Marín) de aquesta villa.

            Debido a ello, y a ser Cártama lugar  que aún conservaba  reminiscencias de su enjundioso devenir pretérito, amén de punto intermedio del antes referido trayecto, existían  en dicha calle de la Carrera varios albergues hosteleros en consonancia con la época: una fonda y dos posadas, que yo recuerde directamente o por los ecos de la tradición oral.

            Según las anotaciones del viajero inglés, Richard Ford, en su libro, “Las cosas de España”, la diferencia entre unas y otras estribaba en que, en  las fondas, sólo se solía dar hospedaje a las personas, bien en tránsito o estables que arribaban a Cártama en las diligencias., tartanas y posteriormente en el   autobús de línea ó, partir del segundo tercio del siglo XIX, en el tren;  las posadas, empero,   contaban además  con tinados y cuadras ad hoc para  transeúntes a la jineta o en carruajes tirados por bestias. También solían tener éstas un gran patio bordeado de   bardas de adobe en el que se resguardaba de cacos,  ladrones y salteadores (en todos tiempos cocieron habas) las cargas de carros y carretas de travesía.

            Y, amén  de las posadas, eran famosas y sumamente pintorescas y románticas, las ventas. Fueron célebres la llamada, Venta  de Cártama, cabe  la hoy conocida  finca, o cortijo,    Ratón, entre  Cártama Estación y Pizarra, a pocos metros de la cinta del Guadalhorce, camino de rodaderas y herraduras, después carretera, por medio.

             Más cercana en el tiempo, tenemos Venta Romero,  en el mismísimo comedio del camino que une    Cártama (pueblo) a Estación. Al no existir entonces puentes sobre el lecho del río, en ambas existían sendas barcas sobre la que cruzaban el cauce fluvial cuando el río iba crecido y era imposible vadearlo, personas, bestias y carros. Esta barca del vado  de Venta Romero, era explotada por Frasquito Talento (abuelo paterno de quien esto escribe y por quien se llama Francisco), pegujalero en medianerías y barquero  del río que lo fue de leyenda como resultas de su azarosa vida, que tuvo 13 hijos e hijas y a todos, él mismo, enseñó a rezar, leer, escribir y las cuatro reglas. Por las noche, a la luz de un carburo les leía novelas por entrega tras lo que rezaban y a la cama, para, a las claritas del día, darse cada uno a su correspondiente faena en el campo.  

            En las ventas   se “ponía de comer”  un limitado menú de contundentes guisos   de garbanzos, habichuelas, lentejas y las consabidas sopas de  tomates o, de “cardoponcima”, cuando no lo era a base  de las socorridas papas de la tierra; alguna que otra vez, carnes, por lo general  de caza, tan abundante entonces por las campiñas y serrijones circundantes,  igual de   pelo que de  pluma.        Tales condumios  se servían en una amplia mesa de amplios y bastos tablones sobre trípodes  de la misma materia. Durante el yantar, siempre haraganeaban, rabos enhiestos arqueados hacia el lomo,   los gatos de la casa, atentos  al trinque de los huesos y sobraduras de las pitanzas que los comensales solían ir tirando al suelo. Por los rincones, tendidos en el empedrado de la solería, dormitaban los mastines nocturnos guardianes de la venta y, de la pared colgaban trabucos que pasado el tiempo fueron escopetas "zarasquetas"  de uno o dos cañones. Cuando al transeúnte no le sobraban los haberes contantes solía comer del contenido de sus alforjas,  bien al abrigo de   la  enorme lar chimenea, si era invierno, ó,  a la sombra de la  tupida parra, si verano. Pero, sobre todo, y ello era la mayor diferencia de las ventas y ventorrillos con  las fondas y posadas,  mientras éstas solían estar dentro o junto a los cascos urbanos, aquellas (os) lo estaban  junto  a los largos caminos que comunicaban unos pueblos con otros.

            Me permito extenderme en tan minuciosos detalles  para que usted, caro lector, si no alcanzó a conocer  siquiera de oídas esta época, se haga  una somera  idea de cómo eran los usos  y costumbres de aquel entonces, que   hoy se nos antojarían, si no invisibles, sí pintorescos y románticos en comparación  con el holgado bienestar  a que nos hemos habituado. ¿Quién aceptaría hoy caminar leguas y leguas sobre un  rucio aparejado, o dormir sobre un colchón relleno de rasposos sayos de mazorcas de maíz o de crin de palmas tirado al suelo, cuando no sobre el mismo jato o serón de esparto de una cabalgadura?  

            La primera posada en calle La Carrera (hoy González Marín) viniendo de Coín,  Alhaurín y pueblos próximos a ellos, era la llamada, “Posada de Doña”,  ubicada en el nº 70, esquina de la calle que emboca en el Molino de las Peñuelas, entonces molino  de pienso y a la vez  taller de elaboración de zarzos y  cañizos de cañaveras, tan abundantes en las márgenes de ríos, acequias, almatriches y arroyos de  este municipio. En las dependencias  de esta posada, siempre había una yunta de toros uncidas preparadas  para encuartar rápidamente a los carros y otros medios de transportes de la época, que solían atascarse  en invierno en el llamado Hoyo de Espartero (un trozo de la calle Carrera), porque, al ser terriza y llovía como lo hacía antes,  los carruajes se atascaban en muchas ocasiones hasta los mismísimos boquinete o, simplemente no podía subir la cuesta de este trozo lo que también requería encuarta.

            Otra, en época posterior, era la Posada de Cuartero, sita en la casa que hoy es  Cuartel de la Guardia Civil, e igual que la anterior, tenía su cuadra y una capacidad de hospedaje adecuado a la época.

            La fonda, y al mismo tiempo taberna, se llamada “Del Coíno”, sita en el nº 48 de Calle González Marín. Después, cuando éste murió, la regentó su viuda, la señora Antonia (“La coina”), que así fue llamada: “Fonda bar de la Coína”. Constaba en su parte baja, amén del mostrador y mesas de madera con filos de espárragos de madera para que no cayeran al suelo las fichas de dominó; de una enorme mesa de billar de  carambolas, que era la única del pueblo En  la izquierda, conforme se entra, separada del resto del salón con un tabique de madera con  ventanilla por la que  se despachaban los billetes de la diligencia, después tartana y, por último, autobús  Cártama-Málaga y viceversa, que explotaba  la empresa Mitjana con parada enfrente de la fonda. Al fondo del salón había una puerta que daba a una amplia sala,  reservada para tratos de fincas, compraventa de frutos, ganados, etc. entre labradores  y marchantes. En los años cuarenta, esta sala fue alquilada por un practicante que puso en ella su consulta, venido de Melilla en donde fue teniente del ejército y, a cuyas órdenes, en 1.936 una compañía de regulares conquistó para el bando nacional  el célebre  cañonero, Dato. ¡Cuantas veces le escuché contar en tertulias celebradas en casa, peripecias castrenses del día del alzamiento en Marruecos en la que fue protagonista obligado!

            En el piso superior, con techo de madera y vigas vistas, estaban los dormitorios, que eran acotaciones con tabiques a media altura, de tal guisa que, cualquier evento de un parroquiano era oído por el vecino.

            En una época ya más cercana, sobre los años cincuenta, al hacerse mayor Antonia la Coina, se quedaba sólo con  la pernocta en el piso superior, y alquilaba el bar.  En una ocasión se lo alquiló a los vecinos de Cártama, Pepe Moyano y Juan de las Cabrerizas, gente de buen humor, siempre prontos a embromar al más pintado.  A propósito de ello no me resisto a contar un suceso que presencié cuando explotaban el bar los antes dichos:

            Una soleada mañana invernal, cuando ambos taberneros  limpiaban los vasos para tenerlos listos a la hora del vino, como siempre, con un brazo en el mostrador olismeando lo que ellos hacían, estaba el  motejado (a saber por qué)  “Pepito que me troncho” que, como siempre, no hacía otra cosa que olismear y murmurar.   “A  este tío no nos lo quitamos de encima ni con zotal”, argüían entre sí los taberneros Pepe y Juan, cuando, de sopetón,  les llega el pregón del vendedor de artículos  de belleza: “Mocitas y mocitos, llevo colonia añeja, aroma de oriente,  nardo azul, brillantina clavel puro...”  Los taberneros cruzaron una furtiva  mirada y fue Juan de las Cabrerizas el que propuso: “Hombre...,  Pepito, que se nos ha echado el tiempo encima y no podemos salir nosotros..., por favor asómate a la puerta y pregúntale al tío de los perfumes a como lleva esa  brillantina pa el culo que pregona, a ver si me alivia  estas almorranas que me están matando...”

            “Pepito que me troncho” lo dudó un poco, pero, Juan le apremió: “¡Venga hombre que se va el tío!; ¿es que no eres capaz de hacer un favor a un amigo...?. Desde  el cuadro  exterior de la puerta,  “Pepito que me troncho”, interpeló al vendedor ambulante de esta guisa: “¡¡¡Ehhh, el de las colonias..!!! ¿A cómo lleva usted la brillantina pa el culo...?!” Al vendedor, aunque llevaba 20 años en el oficio y había tratado con gente de toda laya y tenía  más tela cortada que la tijera del sastre de los Cardiales, aquella pregunta a voz en grito le dejó un tanto descolocado, y más cuando en la esquina próxima llamada del Pilita había un montón de gente tomando el sol, que ya estaba expectante a ver en que terminaba el singular suceso. De  pronto, le vino la inspiración al vendedor, quien ni corto ni perezoso, en un segundo voceó la siguiente respuesta al majara (o lo que fuera)   interpelante:

            “¡¡ Hombre..., con perdón, eso depende de lo maricón del culo que sea usted...!!”

            La congruente contestación del  vendedor, suscitó las unánimes y estentóreas carcajadas de las gentes que presenciaban la escena, mientras  “Pepito que me troncho”, se quejaba a los socios: “¡Cabrones ¿por qué me habéis hecho esta putada?...” .

            Este que suscribe, presenció el singular suceso, mientras echaba una partida de billar con el hijo mayor del entonces célebre cómico que actuaba en Cártama con su compañía, y de cuyo hijo mayor, digo, yo era buen amigo.  “Por mis mulas que esto lo parodio yo en el escenario..., ¡ojú, ojú, ojú, si no lo veo no lo creo...”


            Mientras tanto, de lontananza llegaba al bar el eco del pregón  del “tío de los perfumes”: “Niñas y jóvenes: nardo azul, colonia añeja, aceite inglés (bichito que toca muerto es),  flor de blasón, ¡¡¡brillantina ¡clavel puro, clavel puro, claveeeel...!!!” 

DOLOR CÍVICO DE ESPAÑA Y SUS PUEBLOS



Resultado de imagen de Políticos corruptos

Da dolor, que es sufrir,
La indiferencia glacial
Del pueblo que se adocena,
Y confía a cucañeros
Parcelas de su existir.

Da dolor, que es sufrir,
Ver al pueblo subsistir
Nutrido siempre de errores
Según le hacen creer
Arribistas y vividores.

Da dolor, que es sufrir,
Ver a la gente asentir
Confiadas en el decir
De vulgares embaucadores.

Da dolor, da dolor,

Lo que está ocurriendo aquí.

23 DE ABRIL, GLORIOSA EFEMÉRIDES DE CÁRTAMA



            Con inevitables remembranzas de aquellas ferias  de niñez y juventud, e incluso de no hace mas de 40 años, han pasado hogaño las fiestas  feriales  de Cártama; las dos que habían. De aquellas ferias de abril y septiembre,  que aglutinaban en gozo  popular a todas las clases sociales  en fruición devota  a la Reina celestial, Nuestra Srª de los Remedios, Patrona de la Villa, cuya festividad  se inició por siempre jamás, y así continua, la trágica data del 23 de abril del año 1.579, cuando una letal epidemia de peste  diezmaba la población y, la Virgen,  sacada en procesión de rogativa por las calles de Cártama por el itinerario que aún cada año sigue, según las crónicas, la cortó.
            Su advenimiento, empero,  como Patrona, fue el 26 de abril de 1.485, recién tomada la plaza a los moros por las huestes de los Reyes Católicos. Al principio, se le dio culto bajo la advocación de Virgen de los Reyes (era la imagen a la que los propios monarcas rezaban en la capillita de  su tienda de campaña). Sin embargo, el pueblo, en virtud de la ubicación de su Santuario y de una leyenda ancestral,  rompió en llamarla, Virgen del Monte, hasta que, tras la realización del milagro de la peste antes invocado, por indicación de los monjes trinitarios que se distinguieron en la atención  a los enfermos de pestilencia,  se le puso de Los Remedios, que era, y es precisamente, la Patrona de la Orden Trinitaria.
               En aquellos lejanos siglos, los troveros y juglares le dedicaban rendidas endechas de devoción, algunas de ellas transmitidas de generación en generación  tomadas de los poetas iniciáticos   del Mester de Clarecía.
            Del Marqués de Santillana, transcribo a continuación algunas estrofas de una de sus cantigas a la Virgen, que tantas veces a  lo largo de los siglos nuestros devotos antepasados dedicarían a su Patrona.
                                    “Santa Virgen escogida.
                                      de Dios Madre muy amada,
                                      en los cielos ensalzada.
                                      del mundo salud e   vida.
                                      Del mundo salud e vida,
                                      de muerte destruimiento,
                                      de gracia llena cumplida
                                      de cuitados salvamento...                           
                         Grand fianza he yo en ti, Sennora:
                                      La mi esperanza en ti es toda hora,
                                           de tribulación sin tardanza
                                               venme librar agora.

                                     Estrella del mar, puerto de folgura,
                                        de dolor complido et de tristura
                                          venme librar et conortar,
                                              Señora del altura. 
           
LA PROCESIÓN DE ENTONCES

            Como ya se ha dicho, siempre siguió el mismo itinerario desde el año 1.579. Con los primeros claros del día empezaba la animación.  No existía carretera, camino vecinal o simple trocha o veredilla sin invadir por  la avalancha de romeros.  De toda la comarca, de todos los pueblos de la provincia, de toda la costa malagueña y de la propia capital, acudían familias completas impulsadas por la fe mariana, a dar gracias a Ella por alguna merced recibida o a implorar otra.
            Nadie venía impulsado más que por su fe trasmitida de padres a hijos sin necesidad de la sugestiva publicidad. Todo espontaneidad, arranque voluntario, en esta avalancha de romeros que en la madrugada del 23 de abril empezaba a inundar la Plaza y la Iglesia parroquial de Cártama: Trenes especiales, coches, autobuses, caballerías y un interminable rosario de gentes a pie .
            Muy de mañana se celebrara misa. A las once, un  predicador de verbo elocuente ofrecía el pregón a Nuestra Señora en un templo abarrotado hasta el más leve espacio de devotos.  Millares de velas arden en los quemaderos atestiguando  la fe del pueblo. En la calle, los bares estaban abarrotados incluidos sus frescos y emparrados patios. Pintorescos grupos poblaban los alrededores bajo las acogedoras sombras de los árboles de la parte Sur. 
            Y la mayestática procesión entre una intensa luminaria de cirios y velas, bengalas de fuego morado que eran encendidas al paso de la Virgen desde las casas, y Miguel Morenito, echando cohetes y encendiendo ruedas tronadoras delante la celestial Patrona, en medio de dos filas  interminables de gentes silenciosas de todas las clases sociales; titinean las tulipas de cristal y se estremecen las campanillas del trono.

            Esa es  a grandes rasgos la procesión ¿quién puede describir la intimidad  devota de cada alma, el motivo por el que reza, por el que ofrece exvotos, el motivo por el que descalzo algunas personas camina su lado... Y, ya a altas horas de la noche, al conjuro de la marcha real, La Virgen de los Remedios, la Virgen que un día será peregrina por tierras lejanas de allende el océano, hacía su entrada en el templo parroquial. Ya sólo queda la nostalgia, y la espera a otro año, y a otro, y a otro desde siglos pretéritos...             

            LA FERIA.-  
       
            Como era costumbre generalizada, a la festividad religiosa se les unían celebraciones agroganaderas relacionadas con los ciclos agrícolas y lúdicos populares. La feria de ganados de abril en Cártama data, según pragmática del Rey Felipe II, del año 1.590; esta feria fue, y es,  una de las primeras de toda la región andaluza, y simpre fue de las importantes por la cantidad de ganado que afluían a ella y el número de transacciones (tratos) que se llevaba a cabo en su transcurso.
            El contorno ferial era indistintamente parcelas lúdicas o Real de la  feria, y, mercado de ganados; éste entonces situado  en  el barrio que aún se sigue llamando, “El Mercado”. Era el mercado, el reino de la campechanía al tiempo que de la charlatanería pero,  cada trato, era un protocolo notarial, firmado a perpetuidad con un apretón de mano sellado con la mano del “correor” impuesta sobre las del comprador y vendedor, que sentenciaba: “El trato está hecho, suyo es el mulo y de usted el dinero ...” Y aquella ceremonia, para ser de por vida,  no necesitaba firma, ni sello, ni visado y..., ¡anatema social quien se saltada la palabra dada.
            Y aquello era “bendecío” con un  buen calibre de pirriaque seco de Ojen en el sombrajo-cantina de cañaveras del Guadalhorce, mientras un aficionado al cante del lugar, entonaba con buen paladar el célebre fandango de Cártama, que ya no se oye cantar:
                                              “Por las trenzas de tu pelo
                                              un canario se subía;
                                              y se paraba en tu frente
                                             y  en tu boquita bebía
                                             creyendo que era una fuente”


            O aquel otro fandango que compartían Alhaurinejo y Cártama:
                                             “Viva don Antonio Vargas,
                                              alcalde republicano,
                                              lo digo con ilusión,
                                              no he visto alcalde más bueno,
                                              ni con más buen corazón”
            Arribaban al  “mercado” una barahúnda de personajes del mas diverso pelaje y catadura: tratantes, “correores” (payos y gitanos entremezclados: “pólvora seca”), marchantes,  arreadores de piaras, gitanos “esquilaores” y...vendedores, vendedores ambulantes a porrillo: de jáquimas, albardones y aparejos, de varas varias de adelfas, de tarajes, de sierpes de olivo, bastones de toda medida, algunos de adelfas peladas y pintadas de vistosos colores para niños y mocitos cursis; todos voceaban, todos pregonaban sus mercancías, y, de entre todos, sobresalía el pregón del chaval que en un pirulo vendía el agua que llenaba en el cercano pocillo de “Gasparillo” (el trompetilla y pregonero del alcalde): “Agua fresca y sabrosa, a gorda la pechá...”
            Y la carrera de un mulo cogido de la jáquima por un gitano mientras otro restallaba tras él el látigo para espabilarlo a los ojos de presunto “compraor”, y, un mugir de toros, y un berreo de vacas, un balar de cabras y ovejas, y el rebuzno encendido de un garañón empalmado al olor de la florida burra al que la gitanilla dieciochena mira de reojos mientras la madre, que ha pasado ya por todas,  le sugiere: “hija, tráeme la olla que voy a echar los garbanzos...” “Ya voy má...” Gentes todas dignas de la pluma de un José Carlos de Luna:
                                            “Te ví a mercar en la feria
                                              un pañolito de taye,
                                              pa que cuando te lo tersies
                                              jagan palmas en la caye
                                             Sabe a Canela
                                             el suspirito /
                                             de una mosuela”.
                                                         ***
                                          ...Le lució ser peujalero;
                                            rejuntó cien peluconas
                                            y mercó unas treinta yeguas
                                            que él las yerbea y agosta,
                                            las marcea y las alambra,
                                            las manosea y las doma.
                                            Cuando a pan huelen las mieses
                                            y en las eras se amontonan,
                                            Frasco ajusta el pataleo
                                            y trilla con sus seis cobras
                                            --bordoneando cencerros
                                            las falsetas dormilonas
                                            de un lento cante cansino
                                            ansioso de brisa y sombra--...

                                            Ya se remató la trilla.
                                            ya no pican las alondras
                                            el rubio grano en reguero
                                            de gavillas reventonas...

                                            En relejes de barcina
                                            aletean silenciosas
                                            las zumayas agoreras,
                                            pardas de polvo y de sombra...

                                           Los grillos campanilleros
                                           a humilde rebato tocan...”

                                                          ***
                                          ¡Ay campos de mi niñez,
                                            quien os pudiera sentir
                                            bajo mis pies como alfombra!..
                                                              **

             Y  Fernando Villalón:

                                                                             “El  pájaro Kuki
                                                                             de todo  se entera
                                                                              y ocultarle algo
                                                                              no vale la pena.

                                                                              Anoche Maruja
                                                  con un pollo pera
                                                  flirteaba un poco
                                                  después de la cena.

                                                  Los dos se miraban
                                                  (sus ojos se besan)
                                                 --¿En qué piensas, chica?
                                                 --En lo que tú piensas...

                                                 Y el pájaro Kuki
                                                                            que estaba a su vera
                                                                            contesta: --¡ Cochina!...”

Y... ¡García Lorca1, y Alberti, y Pemán (¡oh su “Feria de abril en Jerez”!)...                                                                                 
            Eran de llamar la atención los esquiladores, de los que se cuenta y no se acaba; bajo un árbol bordaban sobre el lomo de cualquier rocín a golpe de tijeras signos fálicos, flores, trenzas.  Otro estaba especializado en pelar y adornar el cuerpecillo menudo de los perritos “lulú” y “pequineces” que le llevaban empingorotadas  damas.
             Garantizando el orden, una pareja de la Benemérita a caballo, era la representación de todas las virtudes cardinales.
            Y una pléyade de compradores de mayor y menor cuantía; éstos acompañados de sus mujeres, tesoreras estrictas de sus ahorros, es decir, las que  tenían la última palabra en qué y como se gastaba una perra gorda.
            Todo, y más en un ambiente rural. Los niños, acorde con la época y los medios lúdicos de aquella cultura enraizada en tradiciones seculares, gozaban de cosas tan sencillas como unas meras norias de canjilones animadas por los platillos y el bombo de Joaquín el de las Norias: “Chinchipún, chinchipún, chinchipún”...y tras una decena de volteretas:--“¿quereis más?” Y la chiquillería que gritaba “¡Siiiiiii!”, y, Joaquín, con su bombo: “chinchipún, chinchipún...” Y, el tren eléctrico en la era de Ramolichi que al pasar por el tunel, el “demonio” daba con una escoba a los chavales (en este túnel, Juan Díaz “Pitana” al intentar quitar la escoba al diablo, cayó y las ruedas del tren sobre los rieles le cortó varios dedos de una mano); y el consabido organillo de manubrio que ponía dulce y melancólica música y canciones populares en el ambiente ferial; y el baile en el patio de la Hermandad de Labradores amenizado por una orquesta que deparaba piezas musicables bailables mientras llevábamos en nuestros brazos a la chavala de los sueños.

            Y la buena música de la banda de Alozáina, la mejor entonces y más antigua de la provincia, que durante los tres días feriales, incluido el de la Patrona, iundabaq los cielos de Cártama. En las casa de familias más pudiente el Ayuntamiento asignaba uno, o dos, músicos al que debía dar comida y cama, o sea, alojamiento. De esto hecho se fraguaron auténticas y perdurables  amistades.
            En definitiva, una avalancha de colores hacían de aquellas ferias una exposición pictórica: banderolas, cadenetas de papeles variopintos colgados a lo largo de la calle de en medio; carreras de cintas a caballos enjaezados intentaba a galope prender la cinta bordada por la hembra preferida para que ésta se la amarrara al brazo o, más cerquita aún de su cara, se la anudara al cuello; y cucañas, y repique de campanas a la hora de la novena a la Virgen de los Remedios en cuyo honor se celebraba toda esta parafernalia festiva, y los cochecitos topes, y las casetas de tiros, y el puesto de golosinas, y, tantos y tantos motivos feriales que aglutinaban en un solo latir emotivo a un pueblo. Tantas cosas que el viento se llevó.