martes, 15 de septiembre de 2015

EL ABUELO “CANITO”





 NOTA PREVIA.  Este relato se incluye en mi libro, "Ecos de la Alhóndiga", que, con prólogo del escritor, Antonio Fuentes Franco, y epílogo que firman personajes de pro, y amigos, de Cártama (es un libro localista), ha prometido editar la Asociación de empresarios GUADALPYME . De antemano, mi enorme gratitud a todos. Los ingresos que produzca, el autor hace dejación de ellos para que se destinen a una entidad benéfica de Cártama.

                                                                 ***                                                                                                                         
           
            Tuvo el abuelo “Canito” diez hijos; ocho hembras y dos varones, entre aquellas, mi madre, Francisca. Unos habían nacido en Cártama (Estación de Rubira), y el resto en el histórico Cortijo,  “El Convento”, cercano al  casco urbano de Alhaurinejo.

            Un día de principios de julio del fatídico año 1.936, el abuelo “Canito” se desplazó a lomos de su burra  desde “El Convento” a Cártama para ver  a su hija, Paca, mi madre, y a sus dos nietos. Al siguiente día, entrada la media tarde buscando las frescas, retornó llevando consigo a su nieto  y, a la nieta, con tres. A ésta la llevaba  ante sí, y al nieto a la grupa trincado a su  cintura, "para que cambien de aguas y no estén tan canijos", arguyó la madre.

            Desde el “mercado”,   en donde el Cristino tenía las caleras, emprendimos el regreso por  la cuesta “Colorá” y el Lagar   “Rosso” para, a la altura del Cerro de la Silla,  embocar de lleno en el camino que a través de la Sierra de las Viñas lleva al “Convento”.

            La Sierra de las Viñas constituye una dilatada campiña de suaves montes, en cuyas laderas labrantías los viñeros sembraban, asociado  a los árboles de frutos secos,   pegujales de subsistencia: habas, chícharos, altramuces  (“chochos” les llaman los laurinos), yeros, arbejas, etc.,  si la otoñada era abundante en lluvias tempranas. En cuanto arboleda, se mezclan algarrobos, encinas,  almendros, higueras, olivos  y, las pencas chumberas  que daban, y darán,  los mejores chumbos de la provincia, pregonados en los amaneceres estivales por el “Rubio de la Puilla”:

            “¡Anden a los gordos y reondos,
              a los chumbos, dulces y mauros...!”

            Ondulada y acogedora campiña serrana, tachonada de cerros y alcores de lujuriantes tonalidades, que asientan  sus confines en redondos visos por arriba y  umbrosas cañadas  por abajo,   en las que aflora alguna que otra humilde fuentecilla de muy parco caudal, abrevadero de la abundante fauna de pelo y pluma y, aplacan la sed  de los esquilmeros;  tierra en fin, de pan comer. Cañadas,   donde tienen su húmedo hábitat las zarzamoras de negros frutos,  adelfas,  jaras y retamas.

            La voz del silencio entraba por todos los poros; se acentuaba con el parloteo de los pájaros, el regaño en lontananza del cabrero a la piara y el titilar de las esquilas, el torvo grajeo del ave carroñera por el Cerro de la Umbría. Cuando menos se esperaba, un negro mirlo  de pico amarillo saltaba raudo de algún zarzal cercano al camino, haciendo con su agudo chirriar  que la burra echase hacia delante las orejas, como buscando mayor amplitud auditiva y  valorar el pajeado. En un momento dado, la perdiz madre seguida de una banda de perdigones de segunda postura,   cruzaba el camino a velocidad increíble, mientras el pájaro macho piñoneaba en el viso del alcor próximo para orientar a la prole.

            Campos que  se hacen gozosos a los sentidos que lo acechan todo, lo captan todo; campos que, por contra,    en lo material son cicateros al pagar en plusvalías  los sudores y sacrificios de los abnegados viñeros. ¿Cómo ellos no tienen en Cártama una calle llamada de  “Viñeros” o, “Esquilmeros”?. No poco han contribuido a la noble nombradía de nuestro pueblo por todos los rincones  de habla hispana de aquende y allende el mar,  el “poeta de la raza”, Salvador Rueda, que cantó,  con los boquerones y biznagas de Málaga, los chumbos de nuestros montes;  remedando al pregonero de ellos en su inmortal poema “Pregones malagueños”, apuntaba:

            “Llevo los buenos chumbos,
              redondos ¡y qué pajizos..!.

            Cuántas veces le oí a nuestro paisano, Pepe González Marín, haciendo patria chica, recitar estos pregones... Escuchen ustedes, amigos lectores, estos pregones en la voz del insigne rapsoda, honra y prez de nuestro pueblo; hay reproducciones, más o menos fieles en cuanto a la voz, de ellos.

            Pero volvamos al abuelo “Canito”. Ya a medio camino la nietecilla le dice:

            --Abuelo hambre...
            --Y el niño: Abuelo yo también
            --¿Tenéis hambre, hijos míos? Yo os voy a dar una sabrosa merienda.

            Echó el abuelo pie a tierra, ató la burra a un matojo y, presto, cogió higos verdejos y partió con dos piedras almendras de los árboles que daban al camino, y en el corazón de cada higo dulce hincó una pipa de almendra. Cómo saborearon sus nietos aquella exquisita merienda. “Venga, no comer más que os puede dar diarreas...! Vámonos.

            --Abuelo, agua, dijo la nieta y, el nieto, yo también abuelo...

            --Mirad aquellos esquilmeros       que están a la puerta de su choza, en cuanto lleguemos a su altura os dará agua..¡Arre burra...!

            La esquilmera deslizó dulcemente:

            --Bonitos, ¿queréis beber...? ¿Queréis mejor leche recién ordeñada de aquella  cabra  que ramonea  con su chivito...?

            Del cacito que había en un poyete dentro de la choza, dio un jarrillo de leche a cada niño.

            Seguimos el camino sinuoso y largo pleno de olores de hierbas serranas.

            --Abuelo tengo sueño...

            --Para espantar el sueño yo te canto una bonita canción:

            Me gusta mi nieta
           Y olé,
           Con sus  cabellos rizados
           Y olé.
            Parece una paloma
            Y olé,
            De aquellas que van volando (¿las veis?)

            --Ya mismo llegamos al Convento, y allí vais a dormir como ángeles y mañana, la abuela os dará a desayunar arrope hecho con higos cocidos  y trocitos de  membrillos y batatas, y también  torrijas... ¡Arre burra...!